Lenin: 1902: ¿Qué hacer?
Subcapítulo III c) LAS DENUNCIAS POLITICAS Y LA NECESIDAD DE "INFUNDIR ACTIVIDAD REVOLUCIONARIA"
El ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento fue escrito en ruso por Lenin entre el otoño de 1901 y febrero de 1902 y publicado por primera vez en marzo de 1902 como folleto aparte en Stuttgart.
Reproducimos el fragmento de la traducción al español del texto completo de ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento, por la Editorial Progreso contenido en Lenin: Obras escogidas, tomo I, Editorial Progreso, Moscú, 1981, páginas 115-270. Que se halla también en Lenin: Obras Completas, tomo 6, Editorial Progreso, Moscú, 1981, páginas 1-203.
Este Subcapítulo ocupa las páginas 170 a 175 de la edición de Obras escogidas y las páginas 73 a 79 de la edición de Obras completas citadas.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por José Julagaray, Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria a 8 de agosto de 1997.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
Al lanzar contra Iskra su "teoría" de
"elevar la actividad de la masa obrera", Martínov
ha puesto al descubierto ¡de hecho! su tendencia a rebajar
esta actividad, pues ha declarado que el medio preferible,
de importancia singular "aplicable con la mayor amplitud"
para promoverla y su campo de operaciones es la misma lucha económica,
ante la cual se han postrado todos los "economistas".
Este error es característico precisamente porque no es
propio sólo de Martínov, ni mucho menos. En realidad,
se puede "elevar la actividad de la masa obrera" únicamente
a condición de que no nos limitemos a hacer
"agitación política sobre el terreno económico".
Y una de las condiciones esenciales para esa extensión
indispensable de la agitación política consiste
en organizar denuncias políticas omnímodas.
Sólo con esas denuncias pueden infundirse conciencia
política y actividad revolucionaria a las masas. De ahí
que esta actividad sea una de las funciones más importantes
de toda la socialdemocracia internacional, pues ni siquiera la
libertad política suprime en lo más mínimo
esas denuncias: lo único que hace es modificar un tanto
su orientación. Por ejemplo, el partido alemán afianza
sus posiciones y extiende su influencia, sobre todo, gracias a
la persistente energía de sus campañas de denuncias
políticas. La conciencia de la clase obrera no puede ser
una verdadera conciencia política si los obreros no están
acostumbrados a hacerse eco de todos los casos de arbitrariedad
y de opresión, de todos los abusos y violencias, cualesquiera
que sean las clases afectadas; a hacerse eco, además,
desde el punto de vista socialdemócrata, y no desde algún
otro. La conciencia de las masas obreras no puede ser una verdadera
conciencia de clase si los obreros no aprenden -basándose
en hechos y acontecimientos políticos concretos y, además,
actuales sin falta- a observar a cada una de las otras
clases sociales en todas las manifestaciones de su vida
intelectual, moral y política; si no aprenden a hacer un
análisis materialista y una apreciación materialista
de todos los aspectos de la actividad y vida de todas
las clases, sectores y grupos de la población. Quien
orienta la atención, la capacidad de observación
y la conciencia de la clase obrera de manera exclusiva -o, aunque
sólo sea con preferencia- hacia ella misma, no es un socialdemócrata,
pues el conocimiento de la clase obrera por sí misma está
ligado de modo indisoluble a la completa claridad no sólo
de los conceptos teóricos... o mejor dicho: no tanto de
los conceptos teóricos como de las ideas, basadas en la
experiencia de la vida política, sobre las relaciones entre
todas las clases de la sociedad actual. Por eso es tan
nociva y tan reaccionaria, dada su significación práctica,
la prédica de nuestros "economistas" de que la
lucha económica es el medio que se puede aplicar con más
amplitud para incorporar a las masas al movimiento político.
Para llegar a ser un socialdemócrata, el obrero debe formarse
una idea clara de la naturaleza económica y de la fisonomía
social y política del terrateniente y del cura, del dignatario
y del campesino, del estudiante y del desclasado, conocer sus
lados fuertes y sus puntos flacos; saber orientarse entre los
múltiples sofismas y frases en boga, con los que cada clase
y cada sector social encubre sus apetitos egoístas
y su verdadera "entraña"; saber distinguir qué
instituciones y leyes reflejan tales o cuales intereses y cómo
lo hacen. Mas esa "idea clara" no se puede encontrar
en ningún libro; pueden proporcionarla únicamente
las escenas de la vida y las denuncias, mientras los hechos están
recientes, de cuanto sucede alrededor nuestro en un momento dado;
de lo que todos y cada uno hablan -o, por lo menos, cuchichean-
a su manera; de lo que revelan determinados acontecimientos, cifras,
sentencias judiciales, etc., etc., etc. Estas denuncias políticas
omnímodas son condición indispensable y fundamental
para infundir actividad revolucionaria a las masas.
¿Por qué el obrero ruso muestra todavía poca
actividad revolucionara frente al salvajismo con que la policía
trata al pueblo, frente a las persecuciones de las sectas, los
castigos corporales impuestos a los campesinos, los abusos de
la censura, las torturas de los soldados, la persecución
de las iniciativas culturales más inofensivas, etc.? ¿No
será porque la "lucha económica" no le
"incita a pensar" en ello, porque le "promete"
pocos "resultados palpables", porque le ofrece pocos
elementos "positivos? No; semejante juicio, repetimos, no
es sino una tentativa de achacar las culpas propias a otros, imputar
el filisteísmo propio (y también el bernsteinianismo)
a la masa obrera. Debemos culparnos a nosotros mismos, a nuestro
atraso con respecto al movimiento de las masas, de no haber sabido
aún organizar denuncias lo suficiente amplias, brillantes
y rápidas contra todas esas ignominias. Si lo hacemos (y
debemos y podemos hacerlo), el obrero más atrasado comprenderá
o sentirá que el estudiante y el miembro de una
secta religiosa, el mujik y el escritor son vejados y atropellados
por esa misma fuerza tenebrosa que tanto le oprime y le sojuzga
a él en cada paso de su vida. Al sentirlo, él mismo
querrá reaccionar, sentirá un deseo incontenible
de hacerlo; y entonces sabrá armar hoy un escándalo
a los censores, manifestarse mañana ante la casa del gobernador
que haya sofocado un levantamiento campesino, dar pasado mañana
una lección a los gendarmes con sotana que desempeñan
la función del Santo Oficio, etc. Hemos hecho todavía
muy poco, casi nada, para lanzar entre las masas obreras
denuncias omnímodas y actuales. Muchos de nosotros ni siquiera
comprendemos aún esta obligación suya y seguimos
espontáneamente tras la "monótona lucha cotidiana"
en el estrecho marco de la vida fabril. En tales condiciones decir
que "Iskra tiene la tendencia a rebajar la importancia
de la marcha ascendente de la monótona lucha cotidiana,
en comparación con la propaganda de ideas brillantes y
acabadas" (Martínov, pág. 61), significa arrastrar
al partido hacia atrás, defender y ensalzar nuestra falta
de preparación, nuestro atraso.
En lo que respecta al llamamiento a las masas para la acción,
éste surgirá por sí mismo siempre que haya
enérgica agitación política y denuncias vivas
y aleccionadoras. Pillar a alguien en flagrante delito y estigmatizarlo
en el acto ante todo el mundo y en todas partes es más
eficaz que cualquier "llamamiento" e influye a veces
de tal modo que después es incluso imposible decir con
exactitud quién "llamó" a la muchedumbre
y quién propuso tal o cual plan de manifestación,
etc. Se puede llamar a una acción -en el sentido concreto
de la palabra, y no en el sentido general- sólo en el lugar
mismo donde la acción se lleve a cabo; y puede hacerlo
únicamente quien va a obrar en el acto. Y nuestra misión
de publicistas socialdemócratas consiste en ahondar, extender
e intensificar las denuncias políticas y la agitación
política.
A propósito de los "llamamientos", Iskra fue
el único órgano que, antes de los sucesos de
la primavera, llamó a los obreros a intervenir de
modo activo en una cuestión -el alistamiento forzoso de
estudiantes- que no prometía absolutamente ningún
resultado palpable al obrero. Nada más publicarse
la disposición del 11 de enero sobre "el alistamiento
forzoso de ciento ochenta y tres estudiantes para hacer el servicio",
Iskra insertó un artículo sobre este hecho
(núm. 2, febrero) y, antes de que comenzara toda
manifestación, llamó con claridad al "pueblo"
a contestar públicamente al insolente desafío del
gobierno (1). Preguntamos a todos y cada uno: ¿cómo
explicar la notable circunstancia de que, hablando tanto de forma
especial de actividad, Martínov no haya mencionado para
nada este llamamiento? ¿No será filisteísmo,
después de todo, la declaración de Martínov
de que Iskra es unilateral porque no "llama"
suficientemente a la lucha por reivindicaciones que "prometan
resultados palpables"?
Nuestros "economistas", entre ellos Rabócheie Dielo, tenían éxito porque se adaptaban a la mentalidad de los obreros atrasados. Pero el obrero socialdemócrata, el obrero revolucionario (y el número de estos obreros aumenta de día en día) rechazará con indignación todos esos razonamientos sobre la lucha por reivindicaciones que "prometan resultados palpables", etc., pues comprenderá que no son sino variantes de la vieja cantinela del aumento de un kopek por rublo. Este obrero dirá a sus consejeros de R. Mysl y de R. Dielo: en vano se afanan, señores, interviniendo con demasiado celo en asuntos que nosotros mismos resolvemos y esquivando el cumplimiento de sus verdaderas obligaciones. Porque no es nada inteligente decir, como lo hacen ustedes, que la tarea de los socialdemócratas consiste en dar a la lucha económica misma un carácter político; eso es sólo el comienzo, y no radica en ello la tarea principal de los socialdemócratas, pues en el mundo entero, sin exceptuar a Rusia, es la policía misma al que comienza muchas veces a dar a la lucha económica un carácter político, y los propios obreros aprenden a darse cuenta de con quién está el gobierno (2). En efecto, esa "lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno", con que ustedes presumen como si hubieran descubierto América, la sostienen en numerosos lugares perdidos de Rusia los propios obreros, que han oído hablar de huelgas, pero que quizá nada sepan de socialismo. Esa "actividad" nuestra, de los obreros, que todos ustedes quieren apoyar presentando reivindicaciones concretas que prometan resultados palpables, existe ya entre nosotros; y en nuestra minúscula labor cotidiana, sindical, nosotros mismos presentamos esas reivindicaciones concretas, a menudo sin ayuda alguna de los intelectuales. Pero esa actividad no nos basta; no somos niños a los que se pueda alimentar sólo con la papilla de la política "económica"; queremos saber todo lo que saben los demás, queremos conocer detalladamente todos los aspectos de la vida política y tomar parte activa en todos y cada uno de los acontecimientos políticos. Para ello es necesario que los intelectuales repitan menos lo que ya sabemos nosotros mismos (3) y nos den más de lo que todavía no sabemos, de lo que jamás podremos saber por nosotros mismos a través de nuestra experiencia fabril y "económica", o sea: conocimientos políticos. Ustedes, los intelectuales, pueden adquirir estos conocimientos y tienen el deber de proporcionárnoslos cien y mil veces más que hasta ahora; además, deben proporcionárnoslos no sólo en forma de razonamientos, folletos y artículos (que a menudo -¡disculpen la franqueza!- suelen ser algo aburridos), sino indispensablemente en forma de denuncias vivas de cuánto hacen nuestro gobierno y nuestras clases dominantes en estos momentos en todos los aspectos de la vida. Cumplan con mayor celo esta obligación suya y hablen menos de "elevar la actividad de la masa obrera". ¡Nuestra actividad es mucho mayor de lo que ustedes suponen y sabemos sostener, por medio de la lucha abierta en la calle, incluso las reivindicaciones que no prometen ningún "resultado palpable"! Y no son ustedes los llamados a "elevar" nuestra actividad, pues ustedes mismos carecen precisamente de esa actividad. ¡Póstrense menos antes la espontaneidad y piensen más en elevar su propia actividad, señores!
(1) VéaseV.I. Lenin. El alistamiento forzoso de 183
estudiantes. O.C., t. 4, págs. 391-396 (N. de la
Edit.).
(2) La exigencia de "dar a la lucha económica misma
un carácter político" es la manifestación
más patente del culto a la espontaneidad en la actividad
política. La lucha económica adquiere a menudo un
carácter político de manera espontánea,
es decir, sin la intervención de los "intelectuales",
que son el "bacilo revolucionario", sin la intervención
de los socialdemócratas conscientes. Por ejemplo, la lucha
económica de los obreros en Inglaterra adquirió
también un carácter político sin participación
alguna de los socialistas. Ahora bien, la tarea de los socialdemócratas
no se limita a la agitación política en el terreno
económico; su tarea es transformar esa política
tradeunionista en lucha política socialdemócrata,
aprovechar los destellos de conciencia política
que la lucha económica ha hecho penetrar en los obreros
para elevar a éstos al nivel de conciencia política
socialdemócrata. Pero los Martínov, en vez
de elevar e impulsar la conciencia política que se despierta
de manera espontánea, se prosternan ante la espontaneidad
y repiten con machaconería, hasta dar náuseas,
que la lucha económica "incita" a los obreros
a pensar en su falta de derechos políticos. ¡Es de
lamentar, señores, que este despertar espontáneo
de la conciencia política tradeunionista no les "incite"
a ustedes mismos a pensar en sus tareas socialdemócratas!
(3) Para confirmar que todo este discurso de los obreros a los
"economistas" no es una invención gratuita nuestra
nos remitiremos a dos testigos que, sin duda, conocen el movimiento
obrero directamente y no se inclinan, ni mucho menos, a ser parciales
con nosotros, los "dogmáticos", pues uno de ellos
es un "economista" (¡que considera incluso a Rabócheie
Dielo un órgano político!) y el otro, un terrorista.
El primer testigo es el autor de un artículo, notable por
su veracidad y viveza, publicado en el núm. 6 de Rab.
D. con el título de El movimiento obrero de San
Petersburgo y las tareas prácticas de la socialdemocracia.
Divide a los obreros en: 1) revolucionarios conscientes; 2) sector
intermedio, y 3) resto de la masa. Y resulta que el sector intermedio
"a menudo se interesa más por los problemas de la
vida política que por sus intereses económicos inmediatos
cuya relación con las condiciones sociales generales ha
sido comprendida hace ya mucho."... Rab. Mysl es "criticado
con dureza": "siempre lo mismo, hace mucho que lo sabemos,
hace mucho que lo leímos", "tampoco esta vez
hay nada nuevo en la crónica política" (págs.
30-31). Pero incluso el tercer sector, "la masa obrera más
sensible, más joven, menos corrompida por la taberna y
por la Iglesia, que casi nunca tiene posibilidad de conseguir
un libro de contenido político, habla a diestro y siniestro
de los fenómenos de la vida política y reflexiona
sobre las noticias fragmentarias acerca de un motín de
estudiantes", etc. Y el terrorista escribe: "...Leen
un par de veces unas líneas dedicadas a minucias de la
vida de las fábricas en ciudades que no son las suyas y
luego dejan de leer... Les aburre... No hablar en un periódico
obrero sobre el Estado... significa imaginarse que el obrero es
un niño pequeño... El obrero no es un niño
(Svoboda, ed. del Grupo Revolucionario Socialista, págs.
69-70)